lunes, 19 de febrero de 2018

Educando mirreyes



En mi carrera de profesor de educación privada he pasado por varias escuelas y conocido a muy diversos alumnos. Esto incluye un buen número de mirreyes. Para los que por alguna razón no lo saben, los mirreyes serían los hijos de empresarios y políticos poderosos, y se caracterizan por su actitud arrogante y prepotente, su afición a la fiesta loca, la ostentación y el exceso, sus valores clasistas y sexistas, y sus camisas abiertas hasta el tercer botón para mostrar el pelo en pecho.

Ahora, aquí en Mérida eso de “hijos de los poderosos” es bastante relativo, porque los mirreyes locales (o ‘machocaones’) son como la región 4 de la región 4. Ricos de pueblo, pues. Eso no les ha impedido adoptar muchas de las actitudes y señas de identidad de sus equivalentes en las grandes ciudades del país.

Una de sus características más notorias es su convicción de que lo merecen todo en esta vida y de que todos estamos ahí para servirles. Esto, como se podrán imaginar, puede significar un purgatorio para sus profesores, en especial en alguna de esas escuelas privadas en las que “el que paga manda”.

Así, me he topado con adolescentes que faltan el respeto cotidianamente a sus maestros, desde contestar con grosería hasta de plano agredirnos. Una vez me acerqué a un muchacho que siempre estaba jugando con su celular en clase y se lo quité; el chico se levantó de golpe como si quisiera pegarme y me exigió que si le iba a retirar el teléfono se lo debía pedir “por favor”.

Ante estos machitos alfa uno nunca debe ceder territorio; hay que plantarse firmes y mirarlo directo a los ojos porque como buenos depredadores huelen el miedo. Pero al mismo tiempo hay que mantener nuestra conducta dentro de los límites del profesionalismo y nunca rebajarnos a su nivel. Simplemente le dije que no le estaba pidiendo ningún favor, sino aplicando las reglas. “Si quiere respeto, respete”, me reclamó el muchacho que todas las clases se comportaba de forma irrespetuosa. Lo que sucede es que estos chicos están acostumbrados a imponer su voluntad, y cuando alguien trata de ponerles un límite se contrarían y sacan de quicio.




Una vez, en un viaje organizado por la escuela al extranjero, un mirreyito natural del norte del país se extravió justo la última noche antes de emprender el regreso a México. Cuando lo encontramos estaba borracho; al llamarle la atención, me espetó que por qué le hablaba “con tantos huevos” y me llamó “pendejo”. No hubo consecuencias porque él tenía ENAMORADA a la maestra encargada del viaje, una veinteañera muy manipulable.

Cuando digo “enamorada” no lo hago a la ligera. Aún después de este altercado, se podía ver al chavillo recostado en las piernas de la maestra, abrazándola por la cintura de vez en cuando, o acariciándole las manos y el cabello. Este chico había sido muy problemático desde el principio; no se interesaba en lo absoluto por el propósito cultural del viaje, sino que sólo quería fiestear, ligar y beber; más de una vez se metió en problemas por ponerse al brinco con figuras de autoridad locales, desde los maestros de la escuela que nos hospedaba hasta oficiales de policía en la calle. Sin embargo, las maestras le celebraban todo lo que hacía porque tenía “mucho ángel”.

Lo que me lleva a hablar de las chicas, las lobukis, que vienen a ser las barbies de estos kens mexicanos. He visto cómo los machocaones las maltratan físicamente, las insultan, las jalonean, las agarran con brusquedad y las manosean, ¡incluso en la escuela! Pero “de broma”, porque “así se llevan”. Y las señoritas no se quejan porque no quieren quedar como “las mamonas” y dejar de recibir la atención de los más populares. Es muy difícil hacer ver a chicos y chicas por qué lo que está ocurriendo ahí es violencia de género.

La mayoría de los alumnos siempre son muy buenas personas, pero el ambiente de una escuela depende mucho de qué tanto las autoridades dejan que los patancillos se salgan con la suya. Y eso es lo que pasa en las escuelas donde pesa más el dinero o el apellido de papi que el compromiso con la educación (afortunadamente, hace rato que ya no piso un lugar de ésos).

“Bueno, ¿y qué? No serán más que chamacos molestos como los hipsters, los emos y los otakus, ¿no?” Pues no. El problema va más allá de unos escuincles maleducados o de la siempre pregonada “falta de valores”. El fenómeno de los mirreyes en México es tan conspicuo que ha llamado la atención de publicaciones extranjeras. Carbonated TV, por ejemplo, reporta que los hijos del Chapo se comportan igual que los mirreyes cuyos padres tienen profesiones ligeramente menos delictivas.

La revista McLean’s dedicó un artículo al tema y, en entrevista con Ricardo Raphael, autor de Mirreynato. La otra desigualdad, explica que esta era se ha caracterizado por una desigualdad cada vez peor, movilidad social en declive, discriminación y deficiencia del sistema educativo. El dinero permite autocomplacencia a los mirreyes, pero también les brinda protección legal y política, atrae poderosos aliados que se harán de la vista gorda en casos de ilegalidad y permite hacer importantes contactos para los negocios y la política.

Esos contactos se pueden hacer en las escuelas privadas del país. Las pruebas estandarizadas nos muestran que las más elitistas no logran mejores resultados académicos que las más modestas, pero los padres de estos chicos no pagan altas colegiaturas para que sus hijos reciban educación, sino para que tengan amigos entre las élites, contactos  que les sean de utilidad más tarde en la vida.


Así, todo vuelve a dos problemas de fondo, endémicos de nuestra sociedad e íntimamente relacionados entre sí: la impunidad y la desigualdad económica. Hace un par de años, el caso de “Los Porkys” violadores de Veracruz lo ejemplificó muy bien. Cuando la diferencia entre los que tienen más y los que tienen menos es tan abismal, ¿cómo podemos esperar justicia? ¿Cómo pueden las mayorías que no tienen grandes recursos evitar que los acaudalados se conviertan en dueños de la ley? ¿Cómo puede haber democracia cuando es claro que las voces de las mayorías no pesan tanto como las de un puñado de familias privilegiadas?


Los mirreyes reproducen en las escuelas las mismas injusticias que sus padres llevan a cabo en la sociedad. Salen impunes porque, como sus padres, tienen a las autoridades comiendo de sus manos. Están acostumbrados a hacer lo que quieran y salirse con la suya porque es justo lo que hacen los poderosos en nuestro país. Peor aún, estas generaciones crecerán y heredarán las fortunas y carreras políticas de sus mayores. Estos juniors modernos, con su mentalidad de “todo me lo merezco y todos me la pelan”, ya se están convirtiendo en la nueva generación de políticos a nivel nacional. De bravucones de la escuela, pasan a bravucones de la vida pública. Y todos sufriremos las consecuencias.

viernes, 9 de febrero de 2018

Privilegio, pensamiento crítico y justicia social



I. Que coman pasteles

La anécdota es de antología. Le dicen a María Antonieta, reina de Francia justo antes de la Revolución, que el pueblo tiene mucha hambre y no tiene pan para comer. La respuesta de la reina: “Pues que coman pasteles”.

La historia es apócrifa, por supuesto, y tenía el propósito de acusar a María Antonieta de ser estúpida e inconsciente de la realidad, pues ni era tan tonta ni tan malvada la pobre. Pero podemos usarla como fábula para explicar un concepto: el de privilegio.

La reacción de esta María Antonieta ficticia nos indica su incapacidad de comprender el problema de los pobres. La idea misma de que estas personas no tuvieran nada para comer le es inconcebible. Si no tienen pan, alguna otra cosa tendrán; que coman eso, ¿cuál es el problema? Para alguien que creció sin que le faltara lo necesario para satisfacer cada necesidad y capricho, es casi imposible entender lo difícil que puede ser para alguien conseguir esas mismas satisfacciones.

Claro, nadie puede ser tan idiota como la María Antonieta de esa fábula. Pero nos muestra una constante en la vida humana: que a menudo es muy difícil entender las dificultades por las que pasan las demás personas. “Que se pongan a trabajar”, dicen los ricos sobre los pobres. Pero no es muy diferente al “que coman pasteles” de María Antonieta: creen que porque para ellos ha sido fácil tener algo, debería ser igual de fácil para todos los demás, y si no pueden conseguirlo es porque son muy perezosos. Que María Antonieta o la persona rica hayan gozado de ciertos privilegios, no ganados por ellas mismas sino otorgados por las situaciones incontrolables en las que nacieron, es una noción que no les pasa por la cabeza y que, de hacerlo, les es muy difícil de aceptar.

La palabra clave es, por supuesto, privilegio. Parafraseando lo que dice Wikipedia, se trata de un concepto sociológico utilizado en el contexto de la desigualdad social para describir las condiciones de ventaja relativa que algunos grupos de personas tienen respecto a otros. Se trata de una función de factores múltiples y de importancia variable, tales como: raza, edad, género, orientación sexual, nacionalidad, religión, capacidad física, estado de salud, clase social y otros. Las ventajas concretas pueden ser de tipo financiero o material como acceder a alojamiento, educación y empleo, así como otros de tipo emocional o psicológico, como el grado de autoconfianza y comodidad, o tener un sentido de pertenencia o valor en sociedad.

Todos tenemos ciertas ventajas y desventajas frente a los demás en distintos aspectos de la vida. El concepto de privilegio se refiere las ventajas económicas y sociales que puede tener una persona debido a factores enteramente fuera de su control. Vamos, todos tenemos problemas, pero nos vienen por formar parte de cierto grupo en un sistema que oprime a ciertas personas por su raza, género, etc. Ejemplo fácil: en un país machista como México, una mujer enfrentará una serie de dificultades a lo largo de la vida que un hombre no tendrá siquiera que conocer.

Eso no es todo; en una misma persona pueden confluir distintos “ejes de opresión”, como líneas rectas que se intersecan en un punto, suman unas desventajas con otras, o que implican ventajas en un contexto y desventajas en otro. Es decir en un país que además es racista y clasista, una mujer indígena campesina y pobre enfrentará problemas que una mujer hispana de clase media urbana no tiene ni por qué imaginar.

Es lo que se conoce como interseccionalidad, y nos permite comprender que no todas las personas de un mismo grupo están necesariamente igualmente oprimidas o privilegiadas, sino que pueden intervenir muchos otros factores, muchas otras líneas que se intersecan sobre ella. Ojo, esto no es un criterio matemáticamente exacto. No quiere decir que “si eres moreno súmale 2 de opresión, pero réstale 3 si eres de clase media alta”. Todo esto es relativo a las condiciones y al ambiente social en los que vive cada quien.

II.- Entre los ateos fantásticos y los social justice warriors




Lo anterior parecería muy fácil de entender, y sin embargo, uno se topa con cosas como éstas, de la boca de maestros del pensamiento crítico, que en otros temas son muy lúcidos:

La interseccionalidad está vista como lo aceptable. La idea misma de que un tipo que es negro, hijo de un millonario, que tiene un auto deportivo, que tiene una casa en Florida y otra en Nueva York, diga que está más oprimido que un blanco que vive en la mierda y sigue trabajando en una puta mina de carbón, representa una contradicción que amerita una aproximación crítica.

Opiniones de este tipo, esgrimidas además en nombre del racionalismo, las he visto con una frecuencia sorprendente. Dicen que el feminismo interseccional afirma que una mujer hispana y rica seguirá siendo más oprimida que un hombre purépecha pobre, o que la interseccionalidad es incapaz de explicar por qué hay hombres homosexuales que votan por la derecha.

Esto es pasmoso porque lo que le atribuyen a la interseccionalidad es exactamente lo opuesto de lo que este enfoque permite comprender. No, el negro hijo de un rico no está más oprimido que el minero blanco, ni la mujer hispana está más oprimida que el hombre purépecha, porque ambos están privilegiados debido a su clase social, uno de los ejes más importantes para entender la desigualdad. Y es claro que no todos los homosexuales tendrán las mismas opiniones políticas, en parte porque cada persona es única, pero también porque no todos están igualmente oprimidos o igualmente privilegiados. Interseccionalidad es lo que permite entender todo eso.

Sucede que existe entre la bandita escéptico-atea-librepensadora de Internet algo a lo que me gusta llamar refutitis: un afán por “refutar” aquello que se entiende sólo muy superficialmente. Un ejemplo lo vimos entre los que quieren refutar el feminismo enumerando diferencias biológicas entre los sexos. Cualquiera que se quisiera lanzar a discutir sobre lo que no conoce sería descalificado por ellos mismos de estar haciendo hombres de paja y de caer en el efecto Dunning-Kruger. Sin embargo, algunos se avientan a “refutar”, sin tantito pudor, conceptos que evidentemente no comprenden. ¿De dónde viene esta actitud?

Existen los llamados “movimientos por la justicia social”: feminismo, anti-racismo, derechos LGBTQ, etc. A menudo, más que movimientos en sí, se presentan como conjuntos de valores e ideales en contra de la desigualdad y la opresión en sus diferentes formas, compartidos por personas de ideología progresista, especialmente entre la llamada generación Millennial y en las redes sociales.

Declaración de principios: yo simpatizo totalmente con estos ideales. Creo que tienen un potencial enorme para transformar bien la sociedad para mejor, pues buscan el tipo de cambios más eficaces y duraderos, los que tienen que ver con nuestras costumbres, concepciones y actuar cotidiano. Un montón de conceptos útiles para comprender la realidad social (precisamente, como interseccionalidad y privilegio) provienen de allí o han pasado al discurso público gracias a estos movimientos.

Pero, hay que decirlo, en ellos abundan el dogmatismo, la intransigencia, irracionalidades varias y creencias de plano supersticiosas. Como en toda tribu ideológica, claro, pero como quiero ver triunfantes estos movimientos, esos defectos, nada pequeños, me exasperan grandemente. Sobre todo, porque se sabotean a sí mismos y alienan a posibles aliados.

Por otra parte, ustedes saben que soy partidario de la lógica, el pensamiento crítico, la ciencia, los valores de la Ilustración y todas esas ñoñerías. Lo que se llama “el movimiento escéptico”, que tampoco es precisamente un movimiento, sino otro conjunto de valores e ideales compartidos.

Bueno, pues me causa igual escozor cuando la banda racionalista fan de la ciencia desdeña con pueril arrogancia todo lo que pueda venir de los movimientos por la justicia social (en especial, pero no limitándose, al feminismo), que cuando la tropa socialjusticiera se niega a usar la lógica más elemental y se entrega con alegría a cualquier disparate.

Esto no tendría por qué ser así. Los valores racionalistas del movimiento escéptico y los principios éticos de los movimientos por la justicia social son perfectamente compatibles e igualmente valiosos y necesarios para el progreso de la sociedad. Con el propósito de aclarar malos entendidos, de contribuir a establecer un diálogo inteligente y fructífero, y de hallar un punto de encuentro entre ambos movimientos, fue que escribí mis dos entradas anteriores (aquí y aquí). Por eso mismo les traigo hoy este texto sobre el concepto de privilegio.

Cabe decir que aquí no pretendo pontificar, sino proponer. Tampoco arrojo piedras por no haber pecado: los errores comunes de los que hablaré los he cometido en su mayoría, y seguro los seguiré cometiendo en la vida, porque errare humanum est.

III. Privilegio como sesgo



Si los primeros contactos que tiene alguien con los temas de justicia social se dan con personas intransigentes y dogmáticas con cero voluntad para dialogar, es natural que desarrolle un rechazo hacia todo ello, sobre todo porque además esas actitudes negativas son dolorosamente comunes. Pero no creo que sea todo.

No sería muy difícil admitir que cada uno de nosotros tiene ciertos sesgos, ciertas cegueras, resultado de las situaciones en las que ha vivido, y que nos hacen difícil comprender, o incluso concebir, los puntos de vista de quienes han tenido vivencias muy distintas.

No creo que el privilegio sea una especie de pecado original que lo hace a uno irremediablemente malvado o estúpido. Tampoco creo que ayuden esos despliegues de santurronería de quienes manifiestan muy compungidos el sentimiento de culpa que les causa estar privilegiados. También dudo que haya muchos que adrede rechacen los reclamos de los movimientos de justicia social porque saben que éstos amenazan sus privilegios. Más bien, lo que sostengo es que estar en una posición de privilegio trae consigo sesgos que nos dificultan comprender los problemas de quienes están en situaciones desventajosas.

Así como la María Antonieta del cuento no podía entender por qué para el pueblo era un problema no tener pan, o los ricos no entienden por qué los pobres no simplemente se ponen a trabajar, para un hombre blanco heterosexual de clase media le serán difíciles de comprender que los reclamos de los movimientos de mujeres, personas LGBTQ o minorías étnicas. Como además estos reclamos van dirigidos contra un sistema que los privilegia a ellos, es comprensible que sientan que el ataque es personal y terminen rechazando estos movimientos.

Mi querida amiga y sensei Karen nos contó que no se había dado cuenta de lo privilegiadas que están las parejas heterosexuales, hasta que inició una relación formal con su actual novia. Nunca antes había tenido que pensar en cuándo es seguro y cuándo no darle un beso a su pareja en un lugar público hasta que su relación no fue heterosexual. ¿Cuántos heterosexuales se habrían puesto a pensar en eso?


Esto no está determinado sólo por cuán inteligentes o racionales somos. Aristóteles fue sin duda una de las mentes más brillantes y preclaras que ha dado la humanidad. ¡Caray, es el padre de la lógica! Sin embargo, no tenía empacho en decir que las mujeres y los esclavos son por naturaleza inferiores a los hombres libres. Claro, era un hombre de su tiempo, pero no cualquier hombre de su tiempo: era hijo de una familia aristocrática que trabajaba para los reyes de Macedonia. Diógenes y Epicuro vivieron por la misma época y fueron filósofos menos geniales y prolíficos, pero pudieron reconocer que la esclavitud está mal y que la equidad de géneros es posible y deseable.

Algunos de los grandes pensadores de la Ilustración (Locke, Montesquieu, Rousseau, Kant), con todo lo que contribuyeron al desarrollo del pensamiento racional, a la difusión del conocimiento y a los valores democráticos, tenían opiniones muy poco halagüeñas de las mujeres y los negros; era fácil para ellos siendo hombres blancos. Las ideas feministas tuvieron que llegar de las mujeres, filósofas ilustradas como Mary Wollstonecraft y Olympe de Gauges. Esta última denunció la hipocresía de los hombres que querían hacer la revolución para liberarse a sí mismos y al mismo tiempo preservar su dominio sobre las mujeres. Por eso la ilustradísima revolución francesa la guillotinó.

Claro, el escéptico de Internet no va a andar por ahí diciendo cosas como que es antinatural para las mujeres participar en la política o que los indios americanos no tienen derecho a la propiedad. Pero sí que podría cuestionar por qué diablos el piropo callejero debería considerarse acoso, por qué habría que dar a las mujeres espacios seguros en lugares públicos o por qué tendríamos que aceptar las cuotas de género y raza en las instituciones.

Es de llamar la atención que el movimiento escéptico de Internet estuvo desde un principio compuesto principalmente por hombres jóvenes, blancos, heterosexuales y clasemedieros (y nerdosos). Se ha señalado también, por lo menos en la anglósfera, una inquietante transformación de personalidades escépticas de Youtube (aquí y aquí), que pasaron de refutar pseudociencias, religiones organizadas y supersticiones, a atacar de lleno al feminismo, el activismo trans, Black Lives Matter y todo lo que se perciba como “corrección política” (especialmente desde el Gamergate). El caso más extremo es el del youtuber Amazing Atheist, que terminó apoyando a Trump. ¿Qué pueden tener en común estos adalides del racionalismo con los evangélicos fundamentalistas y los neonazis que apoyan a Trump? Nada, salvo su odio por los movimientos de justicia social.

Tampoco haber sufrido una clase de opresión es suficiente para comprender la opresión en la que viven los otros. Recuerdo una escena de Maus en la que el padre de Art Spiegleman, después de contar su historia de supervivencia en los campos de exterminio nazis, expresa sin tapujos su repugnancia a compartir un auto con un hombre negro.

Así, un conocido divulgador de la ciencia, orgullosamente gay, un día puede celebrar que se apliquen leyes contra los insultos homofóbicos, y al siguiente lamentarse de la “corrección política” en que nos han metido las mujeres que se quejan del acoso callejero. O un día puede burlarse de lo ridículas que son las peticiones para sacar del aire a un locutor que hizo comentarios misóginos, y el mismo día compartir una petición para sacar del aire a otro locutor que hizo comentarios homofóbicos. #TrueStory

Nacho, creado por Cynthia Híjar

La argumentación anterior no pretende afirmar que cualquier objeción o crítica proveniente de un hombre blanco heterosexual contra los movimientos de justicia social sea exclusivamente producto de los sesgos propios de estar en una posición de privilegio. De hecho, en un momento veremos que una afirmación así tampoco es sostenible.

Lo que en realidad quería mostrar es que es posible, de hecho muy común, para una persona, por demás racional y sensata, dejarse llevar por los prejuicios propios de su posición de privilegio. Lo que deseo es que todos tengamos en cuenta esta posibilidad, para reconocer el error cuando caigamos en él. Conocer los nombres de sesgos y falacias no es suficiente para evitarlos; resulta que somos mejores detectando las fallas de razonamiento de los demás que las nuestras propias. Es por eso que necesitamos siempre contrastar nuestro pensamiento con lo que nos dicen los otros.

A la frase “checa tu privilegio” no debería responderse con mea culpas inútiles que no ayudan a nadie, sino con reflexión y autocrítica: ¿Estas ideas que tengo no tienen nada que ver con el hecho de que me encuentro en una posición de privilegio? ¿De verdad no estoy opinando a partir de prejuicios?

Bien puede ser que la oposición de una persona a, digamos, el feminismo, provenga de que después de una reflexión honesta, haya llegado a la conclusión de que se trata de un conjunto de dogmas irracionales sin nada valioso que aportar. Pero, ¿saben? Cuando veo a la bandita librepensadora declarando abiertamente su admiración por una negacionista de la ciencia y promotora de teorías pseudohistóricas como Camille Paglia; cuando los veo compartiendo “refutaciones” al feminimo armadas con falacias lógicas de manual de preparatoria; cuando se desagarran las vestiduras por las edecanes de la Fórmula 1 que se quedaron sin trabajo “por culpa de las feministas”, pero nunca manifiestan indignación ante casos de feminicidio o abuso sexual con esa misma enjundia … en fin, cuando los veo así, pues resulta difícil creer que es sólo un inflexible apego a la racionalidad lo que guía sus opiniones.

IV. El animal empático



No soy partidario de ese principio esencialista según el cual la experiencia individual es ininteligible e incomunicable; que es imposible entender lo que ha vivido el otro, y que por lo tanto no queda más que aceptar sin cuestionamientos lo que cada quien dice de su propia experiencia, pues de lo contrario estaríamos “negando su subjetividad”. Así, según se plantea, una persona privilegiada simplemente no puede siquiera entender lo que es la opresión y por lo tanto no puede tener opinión al respecto, sino validar lo que la persona oprimida la dice.

En realidad somos seres sociales que a lo largo de generaciones hemos evolucionado con las herramientas cognitivas para comprender a los demás. La llamada “psicología intuitiva” nos permite tener ideas bastante claras de lo que pasa por la cabeza de nuestros semejantes; la empatía es la capacidad de ponernos en el lugar de los otros.

Cuando se trata de experiencias extraordinarias y ajenas a nosotros mismos, es posible comprenderlas, si bien nunca tan completamente como la persona que las vivió, por lo menos sí hasta cierto punto. Es posible, pero muy difícil, porque ello requiere voluntad de aprender, apertura de mente y, sobre todo, la disposición para escuchar atentamente a la persona que lo vivió.

Pensemos en la guerra, una clase de experiencia que cada vez menos humanos tienen la desgracia de vivir (¡sí, a pesar de todo!). ¿Cómo podríamos, aquellos que tenemos la fortuna de jamás haber estado en una guerra, empezar a entender lo que significa vivirla? Lo más importante sería escuchar los testimonios de quienes sí la vivieron (por ejemplo, leyendo sus memorias). El problema es que la gente tiene la tendencia a opinar de lo que no sabe, sin preocuparse ni un poquito por averiguar. Sería ridículo quien quisiera presumir de saber lo que significa haber vivido la Primera Guerra Mundial sólo por tener los datos de que sucedió de 1914 a 1918, y que se dio entre los Aliados y las Potencias Centrales. Pues se ve igual de ridículo quien quiere pontificar sobre cuáles actos son sexistas y cuáles no, o sobre cómo deberían comportarse las víctimas de sexismo, sólo sabiendo que el sexismo existe y que está mal.

Hablando de la Gran Guerra (ustedes saben que soy un nerd de la historia y es uno de mis temas favoritos), hay una escena en Sin novedad en el frente que me ayudó a que me cayeran muchos veintes sobre todo esto de opinar desde una posición de privilegio. Cuando Paul, nuestro protagonista, está de licencia y se le permite visitar su pueblo natal, se topa con un par de hombres mayores que discuten en un café sobre la inevitable victoria de Alemania y cuáles son las estrategias para llevarla a cabo lo más pronto posible.

Paul, estupefacto, trata de hacerles ver que la realidad de estar en el frente es muy distinta de lo que ellos están imaginando, que las condiciones en las trincheras son un total desastre y que miles de jóvenes están muriendo todo los días en acciones inútiles sin que haya ganancia, por no decir victoria, a la vista. Los hombres mayores, que no fueron reclutados y jamás han visto el campo de batalla, simplemente desdeñan las palabras de Paul y le dicen “bah, es que tú no estás viendo la imagen total…” y, seguros de que entienden más de la guerra que el soldado que la está peleando, prosiguen con sus teorías.

V. Privilegio como ad hominem



Por otro lado, esto no significa que cualquier cosa que diga una persona en una situación de privilegio está mal, o que cualquier cosa que diga una persona de un grupo oprimido está en lo correcto. Eso sería caer en la falacia ad hominem, que consiste no en analizar los argumentos, sino las cualidades de quien los enuncia. Usado así, un término que debería invitarnos a la reflexión y la autocrítica para construir mejores conversaciones, se convierte en una interjección para bloquear el diálogo, como una carta de Magic que le da la victoria a quien la esgrime sin tener que argumentar más. Hay toda una familia de términos abusados de esta manera: mansplainning, tone policing… y sí, también falacia.

Lo que decía hace un momento, sobre que es más fácil detectar los sesgos en los demás que en uno mismo, es igualmente cierto para una persona que se encuentra en una situación de desventaja. El pensamiento tribal y el razonamiento emocional son trampas en las que cualquiera puede caer. Por ejemplo, la psicología cognitiva nos dice que los procesos de victimismo son reales y bastante comunes: el que una persona se sienta atacada o perseguida, no significa que lo que esté siendo.

Aquí no estoy tratando de hacer una equivalencia. Moralmente hablando, exagerar identificando actos de opresión donde no los hay no es igualmente malo que minimizar o negar los actos de opresión existentes. Tampoco estoy diciendo que factualmente se den con igual frecuencia los casos de falsas acusaciones de violencia opresiva que los de opresión real. Lo que quiero decir es que es perfectamente posible que una persona privilegiada esté en lo correcto y que una persona oprimida esté equivocada, sí, incluso discutiendo temas de opresión. Es poco probable, es difícil y es arriesgado suponer de buenas a primeras que ése es el caso, pero no es conceptualmente imposible, como parece que algunas personas en los movimientos de justicia social quisieran establecer.

Es muy común que los privilegiados quieran ningunear lo que una persona de un grupo oprimido dice, sin siquiera asegurarse de que entienden lo que está diciendo, con apenas unos conocimientos superficiales del tema y sabiendo los nombres de algunas falacias argumentales que aplican indiscriminadamente. Sin embargo, hay que estar atentos: una opinión miope y obtusa puede tener su origen en la ceguera que viene por default al estar en una situación de privilegio. Pero una opinión no se vuelve ipso facto equivocada sólo porque quien la esgrima está en una situación de privilegio. Una persona perteneciente a un grupo oprimido tiene una experiencia inigualable que le da un entendimiento de su propia situación que la persona privilegiada no tiene. Pero lo que dice una persona oprimida no se vuelve automáticamente justo y verdadero sólo porque lo dice ella.

El problema es cuando las relaciones de poder y privilegio entre grupos se quieren convertir en criterios únicos y universales de verdad y de moral. Creo que esto es resultado del nihilismo en el que nos dejó el relativismo extremo de la contracultura posmoderna del siglo XX: al declarar que no existe la verdad, que la objetividad es una ilusión y que los valores morales son relativos, nos dejaron en flotando en el vacío.

Pero como necesitamos un asidero del cual sostenernos, al final se acabó recurriendo a un nuevo criterio totalizador: lo que se hace desde un grupo privilegiado hacia uno oprimido, es siempre moralmente incorrecto; lo que afirman quienes están en un grupo oprimido debe tomarse como verdad. Esto lleva a que acciones groseras, desconsideradas o de mal gusto sean revaloradas como actos de violencia opresiva; basta que una persona se sienta violentada por ello.

Resulta muy tentador pensar que el punto de vista propio es el neutro y universal, libre de los sesgos que afectan a los demás mortales. También resulta muy seductor un axioma que le dice a alguien cuya voz siempre ha sido ninguneada: en estos asuntos tienes siempre tú la razón, y cualquier cuestionamiento o disenso que te puedan plantear es en sí mismo un acto de violencia opresiva, una evidencia más de lo equivocados y ciegos que están los otros. Pero no deja de ser irracional.



Es por eso que necesitamos recuperar ese common ground, ese terreno en común en el que podemos comunicarnos. Debemos mantener en nuestras mentes el principio de que yo podría estar equivocado, de que a lo mejor el otro entiende algo que yo no, como válvula de escape que nos permita salir del error.

Es más: aun si estás en lo cierto, piensa que a lo mejor para la otra persona no es tan fácil como para ti abordar el tema fríamente y demuestra consideración por sus sentimientos si te de verdad te interesa persuadirla. Aun si estás en lo cierto, piensa que para la otra persona eso de lo que hablas es ajeno y difícil de entender, y que no puedes esperar que acepte lo que dices sólo por ser quien eres.

Necesitamos pensamiento claro, conocimiento y empatía para poder establecer diálogos constructivos. Creo que a fin de cuentas ése es el meollo de todo esto.

jueves, 1 de febrero de 2018

El sueño americano en la Laguna Negra



Dedicado a mi querida amiga Nadia

La nueva película de nuestro querido sensei ñoño mexicano, el enorme Guillermo del Toro, ha recibido toda clase de preseas y alabanzas, que incluyen un Globo de Oro para el adorado gordo y múltiples nominaciones a los premios de la Academia. Siendo fan, desde lo más profundo de mi kokoro, de don Memo, andaba muy emocionado por esta cinta. Luego empezaron a aparecer comentarios de mis contactos en las redes sociales, diciendo que la peli está sobrevalorada, que no es la gran cosa, o que de plano es malosona y cursi. Ante opiniones tan divergentes, lo único que se puede hacer es verla por uno mismo, que es lo que encarecidamente recomiendo a los lectores.

Pero como supongo que están aquí en busca de alguna opinión, reseña o análisis, déjenme decirles lo que yo pienso de La forma del agua. En pocas palabras: es buena, muy buena. No, no es la mejor película de Del Toro. No es, ni de lejos, El laberinto del fauno. Probablemente nada pueda serlo. Es mucho menos original y poderosa; es poco sutil y algo condescendiente. Pero definitivamente está más en el grupo de esa película, de El espinazo del diablo y de Cronos que en el de, por ejemplo, Titanes del Pacífico.

La trama, la sucesión de acontecimientos, no es novedosa en lo absoluto. Es la ya conocida historia del humano que traba amistad con una criatura extraña pero de buen corazón, a quien las fuerzas del establishment persiguen y privan de su libertad. Un poco como E.T. o incluso Liberen a Willy. Por lo que he visto en los memes, a muchos nos recordó ese capítulo de Hey Arnold! en el que nuestro héroe ayuda a una tortuga gigante a escapar de un acuario.




La diferencia principal con este tipo de historias radica en que la criatura no es ni más ni menos que el Monstruo de la Laguna Negra y que la protagonista es una mujer adulta que se enreda romántica y sexualmente con el bicho en cuestión. Que tampoco es del todo nuevo: existe una larga tradición de erotismo entre monstruos sexosos y mujeres hermosas en diversas artes y medios.

Fuera de ello, la fórmula de ese tipo de historias es la clásica: está el villano autoritario, el momento en el que monstruo parece una bestia salvaje pero luego se revela como un ser tierno y entrañable, la escena chistosa del bicho tratando de adaptarse al hogar donde lo esconden, el suspenso cuando intentan escapar… En fin, lo esperado. De hecho, como bien dicen, no hay muchas emociones en una trama tan cliché y predecible.

Entonces, ¿qué tiene que aportar La forma del agua? Mucho. Su fotografía y su diseño de producción hacen que cada cuadro de esta película sea hermoso a la vista. La realización y las actuaciones son también de primer nivel. Pero no por eso hay que creer que sus méritos se quedan en estética superficial. Para ser una premisa que nació como un fanfic de la infancia de su creador, es mucho mejor de lo que tiene derecho a ser.

La simpleza misma de la historia permite enfocarse en todos los otros elementos que integran la película. Para apreciarlos por completo se necesita una lectura detallada, fijarse en los múltiples detalles, con los que Del Toro construye su obra y expone sus temas y significados. La trama sirve para explorar todo ello.

Hagamos un sencillísimo análisis semiótico (se oye más mamalón de lo que es) de esta cinta, no más para rascar la superficie y ver que hay debajo mucho más de lo que aparenta. Spoilers ahead! 




Estamos en plena Guerra Fría, el juego de ajedrez geopolítico entre la Unión Soviética y los Estados Unidos. Por supuesto, cada bando se presentaba a sí mismo como el bueno y al otro como opresor de los pueblos y enemigo de la libertad.

La ciencia ficción de aquellos años lo refleja. Los monstruos, experimentos fallidos, fósiles vivientes e invasores extraterrestres, que irrumpían en los pacíficos suburbios americanos, eran un reflejo del miedo a una eventual agresión rusa, a la difusión de la ideología comunista y a la posibilidad de un cataclismo nuclear.

Guillermo del Toro toma esos tópicos y personajes característicos del cine de aquella época y los trastoca y subvierte. En vez del suburbio poblado por familias blancas de clase media, nos ubica en el interior de la ciudad, en un edificio habitado por extranjeros y otros personajes marginados. En vez de ubicarse en los años 50, de donde provienen la mayor parte de esas películas, se encuentra ambientada a principios de la década de los 60. Sigue siendo la era del American Dream, pero ya mucho más cerca de su final; pronto las contradicciones de este sueño saldrían a flote con eventos como el asesinato de Kennedy, la guerra de Vietnam, la irrupción de los movimientos por los derechos civiles y el surgimiento de la contracultura sesentera.

La forma del agua pone en evidencia dichas contradicciones, mostrándonos lo que yacía bajo la superficie del sueño americano. Los indicios de que está por derrumbarse se anuncian en la película, aunque aparezcan escondidos como simples detalles o referencias: son señales de las inequidades que se asoman por las ventanas del castillo de naipes que la sociedad estadounidense ha construido. Por ejemplo, el arma predilecta del Coronel Strickland es una macana, símbolo de la represión política. Incluso dice que “viene desde Arizona”, dando a entender que había sido usada contra los negros en ese estado sureño, uno de los más importantes campos de batalla en el movimiento anti-segregación.



No es gratuito que todos nuestros héroes sean los excluidos del sueño americano: una mujer que literalmente no tiene voz, otra mujer afroamericana (y ambas empleadas de limpieza) y un viejo artista homosexual. Y claro, el monstruo mismo, uno de los más emblemáticos de la ciencia ficción clásica de la época. ¿Por qué precisamente esa criatura? Debe ser un favorito Del Toro. Él mismo ha dicho que desde que vio El monstruo de la Laguna Negra (1954), imaginaba un final feliz para la criatura y la joven interpretada por Julie Adams. Cuando Universal lo consideró para hacer un refrito, Del Toro les propuso aquella idea, pero el estudio la rechazó.

De los monstruos de aquella época, este hombre-pez es el más trágico. En la primera película ve su hogar en el Amazonas invadido por extraños. La hermosa escena de la “danza acuática”, en la que la guapa joven interpretada por Adams nada en la superficie, mientras el monstruo la sigue bajo el agua, exuda erotismo. En la segunda entrega, La venganza del monstruo (1955), es capturado y llevado a un parque acuático en Florida. La tercera y última, El monstruo camina entre nosotros (1956) es quizá la mayor inspiración para el film de Del Toro. En ella, la criatura sufre una intervención quirúrgica que le permite usar pulmones para respirar en la superficie, pero a cambio pierde la capacidad de volver al agua. El monstruo trata de adaptarse a vivir entre los humanos, mientras añora melancólicamente el agua, pero la crueldad de los hombres lo lleva a un final trágico.



Es significativo que éste y otro personaje, que habrían sido los villanos en una película de monstruos cincuentera, sean aquí de los buenos. Ese otro personaje es, claro, el científico-espía ruso. Por otro lado, la milicia estadounidense, que habría sido retratada con heroísmo en los cincuenta, es una fuerza del mal en esta cinta. No es que los soviéticos salgan mejor parados; son de hecho aun más brutales. Pero el caso es que la Guerra Fría queda plasmada como un cruel juego en el que seres sin poder se ven atrapados y son usados como recursos desechables por los que mueven las fichas.

De muchas maneras, La forma del agua hace por el sueño americano lo que El laberinto del fauno hace por la España franquista. Strickland, nuestro villano, comparte muchas características con el Capitán Vidal, en cuanto a que ambos son hombres autoritarios hasta la tiranía y absolutamente carentes de compasión. Sobre todo, ambos representan un torcido ideal de masculinidad de sus respectivas sociedades.

Strickland es un hombre que tiene la vida perfecta según el ideal de su época. Un alto puesto en un trabajo de prestigio, una buena posición social, una bonita casa, hijos educados, una esposa a la vez sexi y servicial. Sin embargo, nunca está satisfecho. Tiene la necesidad de controlar y dominarlo todo, de autoafirmarse como hombre exitoso. Hasta se compra no sólo un Cadillac nuevo, sino la fantasía que viene con él. Muestra desdén, incluso crueldad, hacia aquellos que se encuentran bajo él en la jerarquía. A pesar de tener en casa a una mujer hermosa que lo espera para darle comida y sexo, se siente con la necesidad de acosar a una mujer subordinada.



Conforme avanza la película, lo vemos deteriorarse en su masculinidad. La mano con la que empuña el arma literalmente se le va pudriendo poco a poco; el automóvil que era el símbolo de su éxito queda destrozado; su posición en la jerarquía pende de un hilo. La película incluso nos permite tener un momento de compasión por este personaje, pues sabemos que no es solamente que sea malvado como individuo. Es que forma parte de un sistema inhumano que usa a las personas y las desecha cuando ya no le son útiles; su estatus, su poder, su autoestima misma, dependen de su completa subordinación a ese sistema.

En oposición a la masculinidad tradicional de Strickland, tenemos a otros dos personajes: Giles, el pintor gay, y Dimitri, el científico ruso. El primero no sólo es homosexual, sino un artista, profesión considerada inútil y poco lucrativa. Dimitri es un hombre tímido y sensible, un nerd desdeñado constantemente por los militares. Sin embargo, ambos muestran un tipo de fortaleza, diferente a los despliegues de autoritarismo y violencia física de Strickland: ellos demuestra valentía moral. Ante la injusticia, prefieren arriesgarse para hacer lo que consideran moralmente correcto, aunque ello signifique desafiar a la autoridad y al sistema mismo que los tiene oprimidos. Strickland nunca es capaz de ello, ni siquiera cuando ese mismo sistema está por descartarlo como basura.



Todo lo cual nos lleva a hablar de las verdaderas heroínas de la historia: Elisa[1] y Zelda, dos personas que se encuentran en uno de los puntos más bajos del escalafón social estadounidense: mujeres, empleadas de limpieza, una muda, la otra negra. La posibilidad de que sean ellas quienes estén saboteando los planes de Strickland le es tan ajena en un principio, como su temor a la humillación que implica ser derrotado por ellas. Lo expresa él mismo a través de la historia de Sansón, el relato arquetípico del héroe viril emasculado por la perfidia femenina.

Al final, Strickland, verdadera cara del “sueño americano”, se halla vencido por todos los excluidos del mismo: mujeres, negros, maricas, extranjeros, ñoños… y el monstruo, símbolo definitivo de la otredad a la que no entiende, pero pretende someter. Las últimas palabras de Strickland implican no sólo la admisión de su derrota, sino la caída de toda su cosmovisión. Después de todo, el monstruo en realidad era un dios.


Esta reseña se publicó originalmente en Soma.


[1] El personaje de Elisa está basado en las leyendas de “niños del mar”, que son encontrados cerca de cuerpos de agua. Estos niños siempre tienen alguna característica física que los diferencia de los demás y muestran un gusto inusual por el agua. Al final de la historia, cuando alcanzan la edad adulta, estos individuos vuelven al mar. Entre las leyendas de “niños del mar” más famosas están la italiana de Niccolò y la española del hombre pez de Liérganes.

miércoles, 24 de enero de 2018

Esos "verdaderos feminismos" - Parte II: Ni ciencia ni feminismo




Si, tratándose de la relevancia de los descubrimientos en las áreas de las neurociencias y de la psicología evolutiva en el feminismo, hay espacio para debates significativos y sofisticados, el resto de los temas que la publicación El otro feminismo: ciencia frente a prejuicios resume tienen poco o nada que ver con la ciencia.

Eso no es ciencia

Roxana Kreimer es la principal promotora del “feminismo científico” en América Latina. Para ello tiene una cuenta de Twitter y un correspondiente grupo de Facebook. Puedo por completo simpatizar con ella cuando insiste en la importancia del conocimiento científico para informar cualquier movimiento o ideología. Podemos estar de acuerdo en que el conocimiento de las diferencias biológicas puede arrojar luz sobre los problemas de desigualdad social y así ayudar a resolverlos (no para justificarlos, ni declararlos inamovibles). Me parece loable que preste su voz a la causa por la despenalización del aborto y en la lucha de las mujeres por “obtener licencias por maternidad y alguna forma de compensación económica directa o indirecta por el trabajo reproductivo.”

Por supuesto, no puedo sino reconocer que tiene toda la razón cuando alerta que “en algunos países, la agresión y violación sexual no está ni siquiera penalizada, por no hablar de cuestiones como la trata de blancas cuando la prostitución no está regularizada”. Me encanta que subraye que “hay evidencia de que tanto los asesinatos por parte de varones como la violencia sexual disminuyen en países con menos desigualdad y mayor índice de desarrollo humano”, porque nos recuerda que hay esperanza de mejorar.


El problema es que una y otra vez le he leído declaraciones que, o bien son opiniones de índole moral o político (que pueden o no estar informadas por la ciencia, pero no son ciencia) o son repeticiones de hechos científicos cuya relevancia como factor determinante de las condiciones sociales es muy debatible (como los ejemplos que vimos en el texto anterior).

Sus críticas a la tipificación del feminicidio como un delito especial pueden discutirse racionalmente (no hay espacio aquí para ello), pero una afirmación como “el que asesinó debe ser juzgado bajo el principio de igualdad ante la ley, sea hombre o mujer”, no es susceptible a un análisis científico; es una declaración deontológica, ética; filosófica, pues. No es para menos, pues Kreimer es filósofa.

Aclaración: éste no es un ataque contra la filósofa, sino una réplica a quienes la presentan como si  ella hubiera refutado y vuelto caduco todas las otras corrientes y posturas feministas. Estoy seguro de que Kreimer no pretende mañosamente hacer pasar sus opiniones por hechos científicos. A lo que voy es que debemos tener mucho cuidado para no caer en la trampa de pensar que, por autoproclamarse “feminista científica”, todas sus posturas serán tan indiscutibles como hechos científicos. O sea, hay que tener muy presente que no por repetir que ella sí toma en cuenta la ciencia evolutiva, automáticamente el “feminismo científico” de Kreimer se vuelve superior a los otros. Sigue siendo tan susceptible al análisis y al debate como cualquiera.


Eso es lo contrario de ciencia

Sí, lo dijo

Las que no sé qué hacen en un artículo dedicado al “feminismo científico” son Christina Hoff Sommers y Camille Paglia, ni por qué las colocan en el mismo saco que Kreimer o Susan Pinker (la filósofa ha tenido a bien informar que no fue ella quien las incluyó en el texto y que eso es responsabilidad de quien lo redactó). Sommers y Paglia, por lo menos según lo que leemos aquí, se limitan a expresar críticas discursivas contra una generalización a la que llaman “el feminismo actual”.  ¿En qué consisten estas críticas y cómo se sostienen? Veamos.

De Camille Paglia ya hemos hablado antes, justamente por el tema por el que es citada en el texto de Crónica Global. Paglia dice que de joven ella y sus compañeras lucharon contra las reglas universitarias que imponían rigurosos horarios de entrada y salida a las jóvenes, y que no se aplicaban a los varones. Asegura que el reclamo de las feministas contemporáneas, de pretender andar por donde quieran, vistiendo lo que quieran y bebiendo lo que quieran, y al mismo tiempo estar a salvo del acoso y la violación, es un retroceso a esa época de sobreprotección.

¡Pero ésa es una falsa equivalencia del tamaño de Encélado! En el primer caso eran hombres los que limitaban el actuar de las mujeres en nombre de mantenerlas protegidas. En el segundo, las mujeres reclaman que se combatan las condiciones culturales y sociales que hacen del escenario público peligroso para ellas, de forma que puedan ejercer con seguridad la libertad de decidir a dónde ir y qué hacer. No se le acusa de paternalista a un ciudadano que exige al gobierno garantizar calles y espacios libres de crimen. ¿Por qué se ataca a las mujeres que quieren espacios libres de violencia sexista?

Hace poco me enteré de que Paglia ha dicho que ser transgénero es hoy una moda como en décadas pasadas lo era ser beatnik o hippie pacheco, que la androginia destruye las civilizaciones, y que el Imperio Romano cayó porque los romanos se afeminaron mucho, mientras que los bárbaros mantenían su visión heroica de la virilidad. Ésa es una visión históricamente falsa; más aun, es un caso de llana pseudohistoria, que recuerda a los lamentos decimonónicos acerca de cómo la sociedad se estaba mariconizando demasiado.

Lo peor es que luego extrapola ese mito sobre el pasado al presente: los hombres occidentales ya no son tan masculinos, mientras los del ISIS sí están seguros de su virilidad y si las cosas siguen así nos van a destruir a todos. Paglia defiende la masculinidad tradicional y reclama que “dejen a los hombres ser hombres”. Es decir, patanes violentos y emocionalmente ineptos. No sé cómo puede recibir el título de feminista quien sostiene esas premisas. Para acabarla de amolar, Paglia niega el calentamiento global. Joder, Nacho, eso es todo lo contrario de ser científico (pero allá decidirás tú si ese dato es relevante).



Christina Hoff Sommers alerta sobre el peligro de satanizar a “todos los hombres” como respuesta a las acciones de unos cuantos, y sobre la injusticia de las acusaciones falsas, en referencia al movimiento #MeToo. Vaya, que sería muy injusto en verdad que eso estuviera sucediendo, pero ¿es así?

¿Quién está satanizando a todos los hombres? Lo que está sucediendo es que conductas y actitudes comunes en los hombres, que hasta ahora eran normalizadas y aceptadas, bajo el feminismo actual son criticadas y denunciadas. No son los hombres los que están bajo ataque, sino el machismo.

¿Quién está acusando falsamente a hombres inocentes? Esto último es algo que se invoca en los casos de acoso o violación. ¿Y si hombres inocentes están siendo acusados? Como si estuviéramos viviendo una epidemia de tales circunstancias en vez de un problema histórico de violencia machista. Pero rara vez se mencionan casos específicos o estadísticas de esas pobres víctimas de la perfidia femenina. No dudo que ocurran (los seres humanos podemos ser bien mierdas), pero es altamente improbable. En el caso de la violación, las estimaciones más generosas proyectan que un 10% de los casos reportados serían acusaciones falsas; las más modestas hablan de un 2%.

Fuente

Si X tiene un 90% de probabilidades de ser A y un 10% de ser B, no es racional actuar como si ambas posibilidades sean igualmente factibles. Entonces, ¿por qué insistir en ello? Esa distopía feminazi en la que “nos van a denunciar hasta por dar los buenos días” sólo existe en la imaginación paranoide de los antifeministas. ¡Ojo! No estoy negando que deba prevalecer el principio de presunción de inocencia. Un juicio debe seguir el proceso marcado por la ley, con el respeto pleno a los derechos del acusado y la parte acusadora.

De lo que hablo es de la necesidad de borrar una noción tan equivocada como difundida: que es tan probable que un hombre viole a una mujer como que una arpía perversa quiera destruir la buena fama de un caballero. Un mito que siembra en los hombres inocentes el miedo a que ellos también podrían ser perseguidos injustamente, que da a los culpables el beneficio de una duda en apariencia razonable y que justifica la desconfianza contra las víctimas. Un mito que pretende voltear la tortilla: hacer ver al opresor como oprimido y viceversa.




Que es de hecho lo que aparentemente quiere hacer Sommers, convencernos de que existe en Occidente una guerra contra los hombres. No es broma, tiene un libro titulado The War Against Boys. Según ella, los gobiernos liberales, con apoyo de los medios progres y las instituciones educativas, han llevado a cabo una serie de medidas que ponen a los varones en desventaja frente a las mujeres, en una alianza en la que el Partido Demócrata obtiene el apoyo de las feministas a cambio de difundir una ideología estatista que le dé más poder al gobierno entrometido. ¿En qué se basa esta típica conspiranoia derechista? En suposiciones, extrapolaciones inválidas, falsas equivalencias, cherrypincking y demás falacias. No es el tipo de razonamientos que un librepensador racionalista amante de la ciencia se tomaría en serio.

Eso no refuta nada



Tanto Sommers como Kreimer señalan los problemas que aquejan a los hombres en la sociedad. Ya saben, los trabajos peligrosos, el reclutamiento para las guerras, la menor expectativa de vida, la mayor incidencia en el suicidio, etc. Todo ello es cierto, y son necesarios esfuerzos para solucionarlo, pero debe quedar claro que invocar estos problemas no refuta el feminismo de forma alguna.

En primer lugar, nada de ello quita los problemas que sufren las mujeres, ni significa que las cosas “estén parejas”, principalmente porque mientras la opresión contra las mujeres es ejercida por los hombres, la opresión que sufren ellos es ejercita por otros hombres, en virtud de su poder político y económico (que suele corresponder con otros factores, como la raza). Otros problemas, como la tendencia al suicidio, tienen que ver con una construcción tóxica de la masculinidad, que no da a los hombres la oportunidad de aprender a manejar sus emociones.

El punto es que ninguno de estos problemas es ocasionado por las mujeres, y mucho menos por el feminismo. La lucha por solucionar los problemas de los hombres es complementaria a la liberación de las mujeres, pero las feministas no están obligadas a dejar sus propios asuntos para ocuparse de nosotros los vatos.

Al igual que Sommers ha dicho en ocasiones, Kreimer sostiene que: “Los hombres y las mujeres debemos ayudar a las mujeres que viven en países patriarcales no occidentales. Lugares en donde se lapida a una adúltera y donde están ausentes principios básicos de ciudadanía”. Pues sí, pero la existencia de problemas peores en otras sociedades no elimina las injusticias que persisten en ésta. Ser lapidada en la calle sin duda es peor que tener que soportar las insinuaciones inapropiadas de un jefe, pero dado que no todas las mujeres pueden viajar a Oriente Medio para hacer la lucha ahí, tienen toda la razón en luchar para la cambiar las situaciones de su entorno que afectan sus libertades, derechos y bienestar.

Eso no es feminismo



Ahora, notarán que lo que han dicho Paglia o Sommers no tiene nada de “científico”. Pero hay otra cosa: nada de lo que dicen Paglia o Sommers es feminista. Es decir, nunca se ocupan de los derechos de las mujeres o de las injusticias que sufren. Se dedican exclusivamente a criticar el feminismo contemporáneo.

Debo hacer una confesión: fuera de estos temas recurrentes, conozco muy poco del resto de las ideas de Paglia y Sommers. Si hoy en día o en el pasado han estado defendiendo los derechos de las mujeres y hecho valiosas aportaciones a la causa, lo ignoro. Esto se debe a que cada vez que se cita a estas dos mujeres es para atacar el feminismo. Como si el “feminismo de verdad” consistiera no en abogar por los derechos de las mujeres, sino en cagarse en todos los otros feminismos. Y no, no creo que sea “sana autocrítica”; creo que es un ataque totalmente externo, además de tramposo y malintencionado.

Lo que es más, quienes comparten sus contenidos y ayudan a hacerlos virales, son por lo general medios y personas abiertamente hostiles al feminismo. Caray, que Sommers esté concediendo entrevistas en Fox News y tenga un largo historial de asociarse con organizaciones conservadoras debería ser señal para tener una razonable sospecha de sus intenciones. Puedo entender que los conservadores y derechistas aplaudan sin reservas lo que dice, pero me saca de onda que haya hombres que se dicen liberales, progresistas y de izquierda, que comparten los textos de ella o Paglia. Es todo un fenómeno, el de los hombres de izquierda que no tienen escrúpulos en compartir contenidos de ultraderecha con tal de que se estén cagando en el feminismo.

Si, dijo eso


Entonces, ¿por qué los mensajes de estas dos mujeres se viralizan como “verdadero feminismo” y “alternativa razonable al feminismo actual”? En parte es que tienen una estrategia de comunicación muy asertiva: se muestran serias y profesionales, hablan de datos e información precisa (aunque las mezclen con opiniones subjetivas o hagan extrapolaciones inválidas); es decir, proyectan autoridad intelectual. Esto les permite contraponerse al estereotipo de “feminista histérica que por todo arma escándalo”, prevaleciente en el imaginario actual.

Pero eso no es todo. Yo creo que la mayor parte de su éxito se debe a que le dicen a los hombres lo siguiente:
  • Las desigualdades sociales entre los géneros ya se han resuelto; no tienes que preocuparte por cambiar nada en tu entorno o en ti mismo.
  • Lo que actualmente se señala como injusticias contra las mujeres, no son sino exageraciones a las que no vale la pena hacer caso.
  • A lo mejor persisten inequidades en países de tercer mundo y lugares atrasados, pero como eso ni te afecta, no tienes de qué preocuparte.
  • Tú no estás haciendo nada mal; son las feminazis locas las que te están atacando por su propia histeria. Tú eres la víctima aquí.
  • En fin, que no tiene caso luchar contra lo que es natural y normal, así que puedes volver a sentirte cómodo y tranquilo con tus propios prejuicios.

No, pos qué pinches conveniente… 😒

Ahora cabe hacer un ejercicio de honestidad intelectual y pensamiento crítico. Si tú has compartido este texto de El Español o algún otro que promueve y ensalza las visiones de Paglia o Sommers (o, para el caso, cualquier texto sobre cualquier tema), ¿fue por qué te convencieron la solidez de sus argumentos? ¿O es que ya estabas de antemano de acuerdo con su postura? ¿Fue que analizaste lo que decían detenida y concienzudamente y concluiste que es lo que mejor se sostiene a la luz de la razón? ¿O es que sus palabras te ayudaban a quedarte en tu zona de confort intelectual? No lo sé, piénsalo.


PD: Notarán que en estas dos entradas dejé de abordar muchos temas y en otros me fui por las ramas. Es que mi propósito no es escribir el texto definitivo sobre el tema (ni me sería posible), sino aclarar algunos puntos y señalar ciertos errores, de forma que podamos pasar a un debate más constructivo y mejor pensado del que hemos tenido hasta ahora.

Este texto también se publicó en Antes de Eva

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